El arte de no probar bocado

Resulta complicado vivir en la ciudad en esta época.

…Es arriesgado e incluso peligroso……

Pantalones ceñidos marcando

culos groseros que reclaman

perversamente,

cruelmente,

un buen bocado.

¡Traedme esa carne que rechazan los dioses!

Buen-Gusto esperó pacientemente en una de las esquinas del barrio chino. No es que a él le atrajese más la carne de puta que otro tipo de carne, de hecho no hacia ascos a ningún tipo de bocado, pero sabía que la carne de puta era más digerible a causa de los frecuentes magreos a los que estaba expuesta.

Esta noche esperaba tener más suerte que la anterior, en la que su víctima resultó ser una yonki, muy bonita por cierto, pero más delgada que una prima cuerda de violín, instrumento con el que se deleitaba tras una buena comida y que hacía más agradable su digestión.

Unos pasos decididos y contundentes le hicieron despertar de su ensimismamiento. Durante breves segundos pasaron por su mente algunos de sus mejores y más suculentos platos, en especial el del domingo, cuando dio caza a dos travestidos, ¡dos!, se relamía de gusto sólo de pensarlo, tan jóvenes, tan tiernos,…

Ella apareció por la esquina como alma que lleva el diablo tropezando con Buen-Gusto, que a punto estuvo de perder el equilibrio y dar con sus huesos en la acera. Una especie de disculpa, un par de frases hechas, un acuerdo económico (Buen-Gusto pagaba siempre con suma generosidad y sin regateos) y ambos se encaminaron a casa de él que vivía por allí cerca.

Buen-Gusto la observaba de reojo mientras ella parloteaba sin cesar. Su prominente trasero se contoneaba a uno y otro lado a cada paso que ella daba. Aquel culo era justo lo que necesitaba, graso, maduro, posiblemente lo sazonaría con algunas especias para resaltar su sabor y, lo acompañaría con un vino añejo que reservaba para las grandes ocasiones.

La fulana en cuestión se encontraba entradita en años y en carnes, pero a él sólo le interesaba esa zona sagrada tan repudiada por unos y admirada por otros.

No tardaría en llegar. La casa de Buen-gusto hacia honor a su nombre. Pequeña pero acogedora se encontraba en un envidiable estado de orden y pulcritud. Ella comentó algo acerca de lo bonito que era esto y aquello, después se desnudó mientras preguntaba a su cliente que deseaba que hiciese. Buen-Gusto le indicó que se tumbara en la bañera boca abajo. A ella no pareció gustarle mucho la idea pero como ya hemos dicho Buen-Gusto era un excelente pagador, así que accedió a sus deseos preguntándose que clase de aberración tendría que soportar de aquel tipo y, fue lo último que pudo preguntarse pues en cuestión de segundos un hacha se hundió en su cabeza privándola al instante de toda conciencia terrenal.

Buen-Gusto se puso inmediatamente manos a la obra. Cortó con un afilado cuchillo las principales venas y la dejó desangrarse. Mientras, preparó la mesa con minucioso detalle. Sacó su apreciada botella de vino y lo cató con lentitud para poder comprobar con satisfacción todo su aroma y sabor. Regresó junto a la muerta para observar si había cesado de manar sangre tras lo cual abrió el agua y lo limpió todo cuidadosamente. No le gustaban las escenas grotescas y violentas que la sangre ofrecía. Una vez finalizada la tarea de limpieza se preparó para la parte del trabajo que más le entusiasmaba.

Inició el descuartizamiento de aquellas sobresalientes nalgas en lonchas no demasiado gruesas ni demasiado finas.

Él era un experto en este difícil arte y ponía en ello una dedicación matemática, casi sagrada, como la de un cirujano ante una delicada y frágil operación. Acto seguido colocaba las lonchas sobre una bandeja de plata y las depositaba en la mesa. Hoy se daría un gran festín pero no tenía intención de guardar nada para e día siguiente, pues creía que traía mala suerte comer carne de muerto de un día para otro a pesar de que contaba con un excelente congelador. Tampoco pudo evitar una pequeña erección mientras trinchaba la carne.

Comió con apetito pero sin dejar que la gula se apoderara de él. Masticaba sesenta y tres veces por bocado con sus afilados y blancos dientes y sorbía un poco de vino cada tres bocados. Una vez terminado su banquete, eructó suavemente y recogió la mesa. Entonces de dirigió a la galería y sacó un bidón donde guardaba el ácido. Lo esparció por la bañera y añadió agua hasta cubrir el cuerpo. Esta operación la repetía una vez cada dos horas, vaciando y llenando de nuevo la bañera hasta que el cuerpo desapareciese.

Se dijo que mañana tendría que hacer un poco de dieta con lo que llegó a la conclusión de que comería carne fresca y joven, a ser posible entre los ocho y diez años. Recordó entonces que la hija de la portera que solía jugar sola en la terraza…

Sí, no sería difícil de conseguir.

Con estos y otros manjares se fundió en un apacible sueño y ningún malestar perturbó su descanso.

Realmente la vida se está volviendo cruel y dura.

Resulta bastante molesto comer para vivir

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