Yo soy fan de David Lynch desde los tiempos de la sobrecogedora y surrealista Cabeza Borradora (Eraserhead), así que como buen adicto me dirigía a ver su última película al cine, Inland Empire, una película que curiosamente ha sido grabada con cámara de vídeo digital Sony PD-150 de la que Lynch parece haberse enamorado y con lo que ya entramos en la primera contradicción. Alguien me había avisado, como si no conociera a Lynch, “no vayas a verla como una película normal, sino como un ejercicio literario en imágenes”. Si, como eso iba, consciente de que a algunos les parecería una tomadura de pelo, y a otros (en los que me incluyo) una genialidad.

Entramos de lleno en el argumento porque es lo primero que hemos de descartar. La historia pierde sentido real a los pocos minutos, embarcándose de lleno en un viaje hacia un mundo paralelo de idas y venidas en el tiempo, de entradas y salidas a sueños y pesadillas, mezclando ficción y realidad de tal manera que pierdes el sentido de una y otra para terminar dejándote llevar sin intención alguna de entender nada. La historia de una película dentro de otra película y de otra más, cuentos polacos y maldiciones, un incansable ir y venir de imágenes y personajes de lo más variopinto, historias de prostitución, engaños, celos, amores… Lynch se recrea en los primeros planos, unos magníficos primeros planos que son toda una muestra de labor teatral a cargo de los actores, (inmensa Laura Dern), utiliza la luz como el sabe hacerlo, recordándonos el ambiente de Twin Peaks, las habitaciones estáticas, los colores sombríos y perturbadores, puertas y más puertas, pasillos misteriosos que nos envuelven en casi un áurea de terror. En las primeras escenas la presencia de Grace Zabriskie (la madre de Laura Palmer) ya nos deja claro por donde va a transcurrir la historia con esa mirada perdida de esos enormes ojos azules extraviados entre la locura y la maldición. Sobrecogedora.

Inland Empire no es una película, es mucho más, es un ejercicio literario. Vale la pena verla con subtítulos, porque, a pesar del temor a perdernos detalle, los diálogos son escuetos e igual de difuminados que la luz que envuelve la mayor parte de la historia. Frases cortas y muy escogidas, o soltadas al azar para justificar lo injustificable, la locura salvaje en la que la protagonista se va introduciendo poco a poco. Cuenta además con una excelente música compuesta por su inseparable y genial Angelo Badalamenti, al que acompañan algunos temas de por ejemplo, Beck o Nina Simone. Para mi, de lo mejor que he visto hace tiempo. Puro universo Lynch, y como el dice al preguntarle sobre el argumento “about a woman in trouble, and it’s a mystery, and that’s all I want to say about it.” [sobre una mujer en problemas, y un misterio, y es todo lo que quiero decir al respecto…]. Y es que hay poco más que decir y mucho que ver, tres horas de cine.