Mi amiga Presen me envía este relato al que me he permitido ponerle unas imágenes de Hugo Pratt y su Corto Maltes, por que eso me vino a la cabeza al leerlo y porque tanto Presen como yo pertenecemos a ese mágico mundillo comikero que tanto nos gusta y con el que tanto coincidimos. Gracias Presen por tu colaboración.

Dejando atrás sus últimos años de dura batalla, el Capitán recibía los primeros del amanecer – sonrisa de oreja a oreja – en su cara.
Las crepusculares tinieblas parecían hundirse en el camino que dejaba a su espalda. Su hacienda ya estaba cerca y allí los suyos, lo que más amaba.
Sin dejar el camino claramente trazado por tantos y antiguos viajeros, detúvose ante la puerta y sintió que le recorría un escalofrío, la puerta oscilaba en su eje dentro y fuera nunca abierta, nunca cerrada. Nadie vigilaba el camino, no había miradas curiosas oteando el horizonte ni labios entreabiertos, que deseosos esperaban.
Prudente deslizose al interior y observó un grupo de personas aposentadas en la oscuridad en redor de los últimos tizones del fuego. Sus voces gritaban y cuchicheaban alternativamente, prorrumpiendo en groseras carcajadas; en diálogos que se le antojaban carentes de razón. Aquellos extraños nada tenían de las tiernas risas y serenas voces que esperaba encontrar.


Reprimió un acceso de cólera y apartó la mano que apoyaba en la empuñadura de su arma. ¿Quiénes eran esos extraños? !Qué había sido de los suyos! Ahogaba un grito en sus entrañas. Pagarían lo que hubieran hecho y él entregaría su vida, si fuera preciso, para hallarlos. O abriría un camino de sangre para vengarlos, pero no podrían evitar que se reuniera con ellos. Alzó su mano hacia la ventana y giró el postigo.
La luz de ese amanecer que tanto había deseado rompió como una lanza la oscuridad del recinto y deseó de inmediato, que la muerte benevolente y traicionera, le hubiera arrancado el corazón en el camino, cuando el umbral estaba lejos y una promesa de día más cálido parecía acariciar su frente.
Lo que veía parecía un cuadro pintado por los demonios que creía dejar atrás en la batalla.
Aquellos bárbaros maledicentes que ahora mirábanle con ojos destemplados y gestos altivos, que parecían esconder en los coloridos atuendos y vacíos ademanes, el transparente veneno que corroe sus almas. Aquellos seres distorsionados, mostraban sus dientes, sacaban sus uñas. Se levantaban adoptando un círculo desafiante, pleno de gestos de recelo hacia él y hacia sí mismos.
En ese momento arrojó su arma en un irracional impulso desesperado que fue a estrellarse en el centro de los rojos tizones, a su vez, centro de aquél círculo de embrutecidos seres que blasfemaban y se herían los unos a los otros, sumidos en la espiral de ceniza levantada. Sintiendo que el dolor le cercenaba, extendió su mano y exclamo: “Coge mi mano, Dale tu mano, Corramos hacia la luz”. Sintió los duros y agudos colmillos atravesar los tendones y dedos duros golpeando en las piernas.
Y nada le hirió tanto como aquellas miradas dementes, que parecían querer refugiarse en los rincones oscuros de la estancia. Alguno iba recuperando su lugar inicial con la fría apariencia de un alma indiferente, Muerta.


Momentos después todo estaba en calma, cada cuál en su lugar. Y todos portaban algún signo, objeto o prenda, que indicaba claramente el lugar jerárquico adquirido durante la lucha y su posición en la casa. Mirábanse unos a otros en fría concordia y dirigianse banales frases de convivencia, cuidando que la hiel no desbordara.
Como adivinando que una situación inesperada como la llegada del Capitán, rompiera el equilibrio astuta pero groseramente impuesto de la Nada — único sitio donde reinaba el necio –pues sabido es, que sólo el necio aspira al mando y el bárbaro impone su voluntad.
Algo se rompió dentro del Capitán, sintió que el Amor había huído de aquellos seres envilecidos. Sus enemigos habían hecho un buen trabajo en su ausencia. Salió al exterior, al este. Ya, sin promesas. Un nuevo sol sonreía.
Esa noche, las estrellas seguirán siendo estrellas , acaso más frías.
La Luna iluminará sin piedad sus viejas heridas y las cicatrices tendrán una historia que contar a su memoria para que el corazón no se duerma.
El Capitán miró la casa desde el centro del camino. Sintió una aguda pena por las gentes ilusas que olvidan el oro sagrado del sentimiento crecido en la eternidad del espíritu, por el destello vano de multicolores brillos de poder, capricho—car-nal y vanidad material.
¿Qué puede ofrecer la vida comparable al sincero afecto de un ser querido?
¿Dónde encontrarse más cómodo que en su sonrisa?
¿Acaso puede la promesa de inciertos días venideros , remediar el tiempo malgastado, el daño irreparable, el precioso y único día, que ya no volverá?
¿el imperativo y egoísta deseo material por el que humilla a un corazón que se ofrecía abierto?
¿Es más valioso el ego complacido que la respuesta luminosa del compañero, amigo confortado con tus manos?
El Capitán sintió el vértigo del vacío.
Sintió que sus sueños más hermosos y sencillos, los que dan sentido a los suaves placeres de la vida, se truncaban y vendían por necias gentes por las que no hubiera dudado en entregar su vida. Apartó los ojos , anegados de lágrimas, de aquél lugar.
No había nada que combatir. Ninguna mujer amada o trozo del alma arrebatado que vengar. Nadie le había esperado Nunca. No era el mundo que combatió en las batallas que marcaron su rostro y creía dejar atrás.
¿Quién le había arrebatado lo más sagrado?
Esos seres paganos, eran en los que había forjado las maravillas de este mundo.
La Belleza estaba en sus ojos
Vivían en sus ojos
Fuera no había nada.