Terry Gilliam es uno de los directores que ya de por si me gustan desde su etapa con los increíbles Monty Python, y que ya me convención con la magnífica película Brazil (1985), y que a pesar de algún que otro bajón me siguió pareciendo un genio en obras como Las aventuras del Varón Munchausen, 12 Monos, o en la descomunal Miedo y Asco en las Vegas (recomendadas todas ellas). Gilliam es ante todo un cineasta de cine de autor, y por tanto, como otros grandes genios como David Lynch, su obra está marcada por admiradores fieles y por detractores acérrimos, y sus films nunca convencerán a todo tipo de critica y espectador, y como de críticos ya hay muchos, mi referencia a su obra solo será una visión personal, nunca una crítica y tendréis que ser vosotros mismos quien la tenéis que valorar en última estancia.

La sinopsis de Tideland sería algo así: “una pareja de yonkis con una hija (Jodelle Ferland) viven en un destartalado apartamento en Los Angeles. La madre (Jennifer Tilli) muere de una sobredosis y el padre (Jeff Bridges), ex-guitarrista de una banda de rock se traslada con la pequeña a una vieja mansión perteneciente a la madre de él (ya muerta), y situada en medio de un enorme campo de trigo en Tejas. El padre muere en uno de sus “viajes a caballo” y nuestra protagonista se encierra en su propia supervivencia entre su propio mundo de fantasía y unos curiosos vecinos, un joven disminuido (Brendan Fletcher) que será su amigo y su hermana (Janet McTeer), una siniestra figura que hará las veces de bruja mala.”

Si empezamos por el principio nos encontramos de entrada con la referencia a las drogas (la niña le prepara los chutes al padre), referencias que Gillian acostumbra a usar y que son una metáfora de otro mundo que escandaliza a muchos, pero que no deja de ser parte del contenido de su obra, la delgada línea que marca la realidad de lo irreal, o el contraste entre el mundo de los sueños de una inocente imaginación infantil, y el mundo de los sueños de una cruda realidad adulta. Sea como sea el tema queda zanjado a los pocos minutos con la muerte del padre, al menos de manera directa, pues en alguna escena todavía salen jeringuillas volando junto a otros objetos. A partir de aquí entra en acción toda la magia de la película, y Jeliza-Rose, que así se llama en la ficción nuestra protagonista absoluta, nos abre su mundo de fantasía acompañada de cuatro cabezas de barbies que son sus compañeras de aventuras en un alegato de supervivencia entre dos mundos.

Tideland ha sido culpada de exceso de duración incluso por sus defensores, pero a mi eso no me ha supuesto pega ninguna. Tal vez se podría haber reducido algo, no digo que no, pero ya que estaba puesto se puede disfrutar. La fotografía, los encuadres, los ambientes, los colores (esos inmensos campos de trigo con la vieja mansión en medio) son fantásticos, tanto en los que son a plena luz del día como en las situaciones oscuras, y si bien el aspecto total de la película se nos aparece un tanto bizarro y decadente, respira por todos lados inocencia y tristeza, melancolía contenida que Jezabel-Rose (impecable la pequeña actriz) nos va soltando en su triste ir y venir por ambos mundos, el real y el imaginario. Gran actuación (aunque muy corta) de Jeff Bridges, así como del resto de los pocos actores del film, pero una vez más mis felicitaciones a la pequeña Jodelle Ferland y a Terry Guilliam por saber enfocar todo ese talento para nuestro disfrute.

Llegados a este punto es inevitable hacer la referencia que todos hacen a la similitud con “Alicia en el país de las maravillas”. Y si, hay muchos guiños y una complicidad inequívoca, pero Gilliam lo hace conscientemente, tanto en el inicio de la película donde Jezabel-Rose le va leyendo al padre extractos del libro de Lewis Carrol, como en diferentes escenas, como en la que ella tropieza y cae por el agujero de una madriguera. Pero nuestra Alicia no vive en un mundo de maravillas, sino en un mundo de fantasía difícil de asimilar, dura de vivir, un mundo donde la muerte convive constantemente con los personajes, además literalmente (Dell diseca a su antiguo amante, el padre de Jezabel-Rose).

Tideland es un cuento, un cuento del siglo XXI, un cuento con grandes dosis de todo, bueno y malo, con mucha metáfora en su interior. Una película para saborearla sin pretensiones, sin juzgar a su director solo por el hecho de tener renombre, una fantasía de Gilliam que no nos pilla de nuevo, porque él ya nos ha acostumbrado a sus fantasías y en Tideland encontramos abundantes dosis de fantasía lograda a golpe de cámara y sin la necesidad expresa de grandes efectos especiales. Una película densa pero brillante, poco convencional y sobre todo enfocada a un público adulto, porque es un cuento para adultos, porque solo los niños son capaces de hacernos ver ciertas cosas que vamos perdiendo por el camino, como la fantasía, la imaginación, los sueños… Jezabel-Rose solo busca quien la proteja de la soledad, y eso al fin y al cabo es lo que acabamos buscando todos.

Para mi una excelente película, pero cada cual que la valore por su cuenta.