Inka Essenhigh nació en Belfonte (Pennsylvania) en 1969 y se formó en el College of Art & Design de Columbus y en la School of Visual Arts de Nueva York. Reside y trabaja desde entonces en Nueva York, donde comenzó a exponer sus obras a mediados de los noventa. En 2000 realizó su primera exposición individual en Europa y en 2004 participó en las Bienales de Santa Fe y Sao Paulo.

La inmediata consolidación de esta joven pintora norteamericana en la escena artística de su país tuvo lugar en la segunda mitad de los años noventa. Desde el comienzo, sus cuadros mostraron escenas fantásticas de significados nada evidentes, ya que las figurillas, capturadas siempre en tránsito, parecían el resultado de unas metamorfosis que las convertían en signos abstractos. El uso del esmalte contribuía a instituir un tono preciosista que los fondos monocromos planos y el dibujo cercano al cómic norteamericano y al manga japonés, terminaban de ratificar.

En 2003 se produjo un cambio cualitativo en su obra, parece que como consecuencia del impacto que los acontecimientos del 11-S y sus derivaciones ejercieron en la artista. Su pintura acentuó entonces el carácter narrativo para aludir a la guerra, la violencia y la muerte. Aunque algunos de los críticos que han venido siguiendo de cerca su trabajo, como Laura Hoptman, han calificado esta etapa reciente de “realismo comprometido”, su poética no sólo se ha mantenido en los cauces fantásticos del periodo precedente, sino que incluso éstos se han visto incrementados, de manera que aquel calificativo no parece demasiado pertinente. La pintura de Essenhigh se gesta a partir de una actitud apropiacionista muy ecléctica que concilia los ambientes e imágenes surrealistas con los de artistas anteriores y posteriores a aquella tendencia: Füssli, Orozco, Bacon. Sin embargo, la introducción de esa veta surrealizante no representa un cambio radical, ya que la obra precedente estaba dominada por una atmósfera asimismo fantasiosa.

El cambio se manifiesta en el diferente tratamiento formal, tanto del espacio pictórico como de las figuras, y desde luego en los argumentos. El espacio plástico sigue sin definir, casi siempre, lugares específicos, al carecer de referencias figurativas. Sin embargo la planitud anterior se transforma ahora en profundidad; una representación del espacio tridimensional decisiva para definir la atmósfera extraña en la que se mueven los seres protagonistas de sus obras: animales, humanos o híbridos. Cada obra, ahora ejecutada con óleo, está realizada en un único color, explotando al máximo su gama tonal e intensificando el uso del claroscuro que a su vez apuntala la entidad volumétrica de las figuras; unas figuras que, como en Bacon o en Siqueiros, parecen metamorfosear parte de su anatomía en una especie de llama, como si fuese el producto de un movimiento arrebatador cuyo momento más álgido se ofrece al espectador.

Convertir las preocupaciones de la realidad en argumentos de la creación artística es algo habitual en nuestros días. Sin embargo los soportes de expresión más generalizados no suelen ser los tradicionales, como la pintura. Y aquí reside la peculiaridad del trabajo de Essenhigh. Retorna a unos cauces plásticos tradicionales, pero también a la reinserción de la pintura en los márgenes de una narratividad alegórica. El resultado es una especie de reciclaje plástico y semántico. Una pintura que a primera vista parece el resultado de una mente fabuladora, pero que al ahondar en su sentido narrativo desvela que se trata de una visión de la realidad como pesadilla. (Texto de Javier Hernando vía)