Hoy traemos un número especial a Uno de Los Nuestros. Se trata de la obra de Tetsuya Ishida contada por la artista digital y buena amiga nuestra Mar Cantón. Esta es la primera colaboración de Mar, y ojalá no sea la última, pues la calidad y cantidad del trabajo que nos trae es tal, que hemos decidido hacerla en dos partes. Mar no solo es una gran artista como ya pudimos comprobar el post que le hicimos en Cóctel Demente, o en sus vídeos en Vimeo, sino que además es una apasionada del arte que nos tiene encandilados con sus tremendas colecciones tanto en Tumblr como en Pinterest. Le pedimos que nos hablase de algún artista y nos ha traído uno de los grandes. Sin más os dejamos con Tetsuya Ishida narrado por Mar Cantón.

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©Tetsuya Ishida

Tetsuya Ishida fue un pintor japonés. Nació en Shizuoka, Japón, en 1973. Perdió la vida en 2005 a los 31 años mientras permanecía en su coche parado en mitad de un paso a nivel: un tren acabó por arrollarlo, se dijo que fue un accidente aunque nunca se ha descartado que se tratara de un suicidio. Contraviniendo los deseos de sus padres, Tetsuya Ishida estudió Arte en la Universidad de Musashino (en Kodaira, al oeste de Tokio) y se licenció en Diseño de Comunicación Visual. Trabajó en varios sectores del arte, proyectos audiovisuales, diseño gráfico, hasta poder dedicarse finalmente a la pintura.

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Esto y otras cosas sobre su vida las conocí después de descubrir su obra (que me atrapó desde el primer momento): un trabajo surrealista, incluso aparentemente “caprichoso”, sobre el que hay que detenerse para descubrir los detalles que la convierten en especial: por un lado el protagonismo del autor que podría pasar desapercibido a primera vista para convertirse en una constante –Ishida aparece en casi todas sus obras representando a uno o a todos los personajes-. La expresión de su rostro es siempre la misma, destila tristeza, soledad, aislamiento, desamparo… y miedo.

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Por otro lado la crítica constante a una parte de la sociedad japonesa contra la que le tocó bregar toda su vida representada a través de maquinarias imposibles, cadenas de montaje surrealistas, cuerpos convertidos en embalajes o atrapados en bolsas de plástico, empleados uniformados e inexpresivos, espacios diminutos en los que resulta imposible vivir, jóvenes impregnados en comida rápida, montones de libros cerrados, la tecnología como un arma destructiva, la mutación fantástica de los personajes -híbridos entre animales y personas, personas y objetos-… Un caos perfectamente sostenido a través del orden con el que el propio Ishida los representa para contarnos una historia.

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Hay artistas que crean y otros artistas que además de crear cuentan historias. Historias que, más allá de ser interesantes, resultan necesarias. Fundamentales. Y no sólo para comprender a su autor. Llevan siempre implícitas situaciones que de una manera u otra nos hacen reflexionar, aprender, conocer aquello a lo que no solemos querer acercarnos demasiado pero que nos afecta directa o indirectamente como a cualquier otro ser humano: la sociedad que nos rodea y sus trampas. Un sociedad creada por sus propias víctimas ¿Somos quienes realmente queremos?, ¿hacemos lo que realmente deseamos?… o quizás, simplemente nos adaptamos a sobrevivir lo más acomodadamente posible en un lugar o situación que nos produce una profunda infelicidad.

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Tetsuya Ishida nos gritó desconsolada y profundamente a lo largo de la mayor parte de su obra. Él exhala dolor en un Japón que a pesar de todas sus maravillas le asfixia literalmente. En un mundo donde él no encuentra cabida ni paz. Un lugar que, él tiene claro, es invivible.
Aunque nos pueda parecer que Japón nos queda lejos, aunque “no colgáramos ninguno de sus cuadros en nuestro salón”, creo que es casi una obligación pararnos a contemplar sus trabajos y reflexionar sobre ellos porque todas esas cuestiones, toda esa angustia, dolor, … pueden extrapolarse sin problema a cualquier lugar del mundo y a cualquier persona en nuestra actual y maltrecha sociedad. Quizás necesitamos ser capaces de mirar a la cara al dolor ajeno para poder encontrar el nuestro y saber enfrentarlo.

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Sólo tenemos una vida y querer volar es un deseo que también parecen querer arrebatarnos. Pero siempre nos quedará la vida y obra de Tetsuya Ishida y de muchísimos otros artistas como legado, como testimonio de la que considero la más real de las “Historias”, esa que no escriben los que siempre ganan y que no se enseña en ninguna escuela.

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