Roberto Liang es el nombre con el que se conoce a Liang Chun-wu en nuestro país. Nacido en 1942 en Shan Tung, China. Ya en sus primeros años deja constancia de sus habilidades artísticas y, así, a los doce años descolló entre sus compañeros consiguiendo la Medalla de Plata en un Concurso Internacional de Pintura Juvenil. Pero, el futuro pintor fue destinado a ingresar en el Instituto Nacional de Tecnología de Taipei.  Siendo hijo único, todo el mundo daba por sentado en aquella época que la carrera técnica tendría una perspectiva brillante y un buen porvenir desde el punto de vista económico. Liang estudiaba por convencimiento y se adhería con gusto a los quehaceres estudiantiles.  No obstante, surgió más fuerte su eminente talento en las artes bajo dicha “trayectoria luminosa”. En 1967, el joven Liang de veinticinco años llegó a España, se matriculó en la Escuela Superior de Artes Aplicadas y Oficios, en la que permaneció seis meses y, más tarde entraría en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Liang se casó en 1972 con la señorita Ouyang Hsiang, que ha sido la madre de sus hijos y a la vez modelo de sus obras. Ha viajado y expuesto por Europa, China y Estados Unidos.

Los críticos más autorizados de Bellas Artes consideran las obras de Roberto Liang como la fusión de Oriente y Occidente, el equilibrio de la estática y la dinámica, el reflejo de la emoción y el intimismo, así como la naturaleza de la ternura y la fuerza.  El caballo, el bodegón y la figura femenina encabezan la temática pictórica de los cuadros de Liang.  Sobre todo, la figura femenina ha sido siempre la protagonista de su producción artística.  Para Liang, la mujer no representa una belleza sensual, sino que es el símbolo de la maternidad, la finura y la valentía espiritual.  Es el ser que desde el Génesis hasta la actualidad, pese a su evolución, la humanidad no ha dejado de deshacerse en elogios.

Liang posee una forma excepcional de apreciar la belleza, muy distante de la interpretación de los demás: “Yo rindo culto a la belleza y no creo en la fealdad.  Sólo es feo aquello que por ser ficticio, sofisticado y muy elaborado no es natural.  Para mí la belleza humana no está representada por el físico, sino por la personalidad y la imaginación”.  La salud del alma y la sabiduría mental son las cosas que le importan en su agudeza retiniana.  “Para mí las cosas no son, sino lo que yo quiero que sean”, recalca Liang. En consecuencia, frente a las modelos y la figura femenina, Liang siempre es capaz de sobrepasar más allá de las circunstancias y la conciencia para desentrañar su propia exégesis pictórica con su pulcro estilo, su fantástico tratamiento de luz y su magia cromática, a la que afluyen una amplia gama de tonos en malva, ocre, rosa, turquesa y azul de cobalto.

Esta temática de la figura femenina, amén del aprecio del pintor por la personalidad y la idiosincrasia de la mujer, proviene de sus sentimientos y reminiscencia por los valores humanos que, paradójicamente, van decayendo hoy día en esta sociedad que llamamos de civilización. El desea que sus obras hagan reflexionar y evocar la cualidad y los instintos más primitivos de la humanidad: la fraternida, la armonía altruista y la unión del hombre con la naturaleza.  En multiples ocasiones, el pintor ha insistido: “… lo que pretendo es lograr la unión entre el mundo que me rodea y el mío propio, y es esta unión armónica con la naturaleza la que quiero hacer llegar al corazón de todos los hombre”.

También ha manifestado claramente el propósito de su creación artística.  Al respecto, Liang indica: “Quiero que mis cuadros se hagan querer y puedan traer demás.” “Creo firmemente en la posibilidad de conseguir, a través del interés por todo lo creado, la armonización entre los valores materiales y espirituales”, añade.  Para este pintor chino, el arte no tiene horizonte ni fronteras.  “El artista dejará de serlo cuando se limite a cumplir su deber bajo ciertas condiciones”, manifiesta Liang.  Para él, el arte es “una libertad de perpetua invención”.

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